(CB) Hace poco más de 60 años, se jugó en Wembley un partido que quedó en la historia como pocos: Inglaterra perdió, por primera vez en la historia, un partido como local. Los húngaros les dieron un baile, demostrando no sólo que eran los mejores del mundo en ese momento, sino que los ingleses no eran los reyes de este deporte, a pesar de haberlo inventado.
Escrita por Jonathan Wilson, esta es la historia de ese partido, su contexto y sus consecuencias. Cómo una goleada en contra consiguió, 13 años después, darle a Inglaterra su primer título mundial.
Inglaterra 3-6 Hungría: a 60 años del partido que aturdió a una nación
La paliza en Wembley provocó nuevas ideas en el Reino Unido, que llevaron finalmente a que Inglaterra ganara el Mundial de 1966.
El 6-3 de Hungría en Wembley, hace 60 años, resuena más que cualquier derrota en la historia del fútbol inglés. No tuvo que ver con que esta fuera la primera derrota en casa frente a un equipo no británico, ni con la magnitud del resultado o el resplandor de los húngaros: tuvo que ver con el estado de shock que produjo. En lo que duró un partido —o una hora, de hecho, dado que Hungría aflojó en el último tercio del encuentro— la complacencia y la insularidad del fútbol inglés quedaron expuestas y, después de ese 25 de noviembre de 1953, ninguna de las viejas certezas volvió a ser cierta.
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Seis meses antes, cuatro seleccionados de Inglaterra estuvieron en Wembley jugando por el Blackpool, en la final de la Copa FA, un partido que fue visto como una representación del fútbol inglés en su máxima expresión. Aunque es discutible, ese pudo haber sido el día en que el fútbol reemplazó al cricket como el deporte británico por antonomasia. Incluso los cínicos de la zona de prensa se pararon sobre sus asientos a aplaudir la épica remontada del Blackpool. De un 1-3 pasaron a un 4-3, inspirados por Stanley Matthews y sus regates en la derecha, atacando a Tommy Banks, un lateral que terminó sufriendo de un tirón muscular. El maestro, a la edad de 38, al fin tuvo una medalla de campeón.
De todas formas, los signos de alerta estaban ahí, aunque nadie se preocupó de mirarlos. La primera derrota de Inglaterra frente a un equipo de Europa continental llegó en España, en 1929, pero sólo hubo excusas y quejas: que la cancha estaba dura, que hacía calor, que el público estaba tan excitado que sólo las espadas de los policías los mantenían fuera de la cancha. Había, en general, una sensación de que si el fútbol no se jugaba bajo las condiciones inglesas, no era fútbol del todo.
Quizá fueran excusas legítimas, pero se iba marcando una tendencia: Inglaterra sufría contra equipos que se disponían con dibujos distintos a la W-M. Los centro delanteros retrasados siempre terminaban confundiéndolos. El austríaco Matthias Sindelar preocupó a los ingleses echándose atrás en un amistoso en 1932. Vsevelod Bobrov, del Dinamo de Moscú, consiguió lo mismo frente a muchos clubes británicos en la gira de 1945, y el suizo Alfred Bickel causó estragos en 1947. En 1951, Inglaterra hizo un tour por Argentina, y se encontró con los mismos problemas y dificultades.
Para ese viaje, estaban agendados dos juegos contra la selección local, primero con un representativo y luego en un amistoso internacional. Inglaterra se tomó esa diferencia muy en serio, y en el primer partido alineó jugadores reservas y perdió 3-1 frente a una Argentina de primera línea, inspirada por su retrasado centrodelantero, José Lacasia, que constantemente sacó de posición al central inglés Malcolm Barrass.
Walter Winterbottom, el entrenador de Inglaterra, ideó un plan. “Alguna gente quería que tuviéramos a un hombre detrás de Lacasia, siguiéndole sus huellas”, dijo, “pero el capitán Billy Wright, vehementemente, quería que el central se mantuviera atrás, en posición, y que alguien más lo tomara. Decidimos, entonces, que Harry Johnston, el central, se mantuviera cerca de él al comienzo del partido, con Billy y Jimmy Dickinson cubriendo ese hueco en el medio. Luego Johnston volvería a su posición, intercambiando la marca con otro, así los argentinos no sabrían si persistiríamos en la marca hombre a hombre. Pero el partido se suspendió por lluvia a los 20 minutos, así que no alcanzamos a saber si funcionaría”.
Winterbottom es una figura subvalorada estos días, ninguneado por sus formas catedráticas, su falta de tacto y su supuesta responsabilidad en el ocaso inglés. La verdad es que el anticipó el futuro pero se le impidió hacer nada para evitarlo. Parte del problema era Stanley Matthews, y el culto al dribbling que él inspiraba.
Stan Cullis, por ejemplo, capitaneó en tiempos de guerra a Inglaterra en un partido contra Gales. Cuando supo que los galeses le harían doble marca a Matthews, dio instrucciones de cambiar la orientación del juego hacia el lado opuesto, pasándola lo más que pudieran a Dennis Compton, el extremo izquierdo. A pesar de la victoria por 8-3, fue condenado rotundamente. “Los periódicos me dieron duro y parejo”, dijo Cullis, “y me preguntaron cómo me atreví a tratar así a Stanley Matthews. Insistieron en que el público fue a ver a Matthews, no a mí, y exigieron que renunciara a la capitanía”.
Matthews, previsiblemente, estaba a favor de la libre expresión, algo que quedó claro en su explicación del desastre del Mundial del 50, cuando Inglaterra quedó eliminada en primera ronda tras perder contra Estados Unidos en Belo Horizonte. “Tristemente, a la selección inglesa le faltó un deseo de ganar”, escribió en su primera autobiografía. “La culpa la tuvieron esas charlas previas, explicando tácticas que habían sido introducidas por primera vez por nuestro entrenador [Winterbottom].
“Tú no puedes llegar y decirle a tu jugador estrella cómo es que él debe jugar y qué es lo que debe hacer en un partido internacional. Tienes que dejar que haga su juego natural, el que antes dio tantos dividendos. Me he dado cuenta en los últimos años que estas instrucciones previas a los partidos se han alargado mientras la habilidad de los jugadores en la cancha ha disminuido. Yo digo: a la basura las charlas y díganle a los jugadores que hagan lo que saben”.
Matthews no estaba solo. “La desagradable verdad”, escribió el periodista sueco Ceve Linde en Idrottsbladet, “es que el fútbol inglés se ha deteriorado gradualmente, cayéndose, finalmente, de su pedestal y todavía rodando hacia abajo. Lo más triste de esta tragedia es que los ingleses, con muy pocas excepciones, no son capaces de reconocer qué fue lo que pasó. En su autosatisfacción y vanagloria, todavía se imaginan a sí mismos los mejores del fútbol mundial, y sus derrotas meros accidentes”.
“El hecho es que el fútbol inglés tiene mucho que aprender del resto del mundo, tanto sobre entrenamientos, cursos, tácticas, organización y estrategias. ‘Inglaterra tiene que reencontrar su espíritu tradicional’, escriben ahora. Eso es fácil decirlo, ¿pero cómo se podría reencontrar esto en un país tan golpeado por dos guerras mundiales, obligado por su debilidad a abandonar sus posesiones alrededor del mundo? La misma fatiga se puede encontrar en su fútbol. Es una falta de fuerza perfectamente justificable, que sin embargo se matiza con una arrogancia que, a los ojos de un extranjero, parece repugnante, incluso aterradora”.
Después de la gira por Sudamérica, en 1951, Winterbottom supo que estaba contra la corriente. “Tenemos buenos jugadores en camino”, dijo, “pero en juego de equipo estamos muy atrás. Partido a partido hay muchos cambios que realizar para hacer posible una planificación”. Podría ser, fácilmente, un lamento que cruza toda la historia del fútbol inglés.
En octubre de 1953, Inglaterra jugó un amistoso contra un combinado del Resto del Mundo para celebrar el aniversario 90 de la fundación de la FA. El Resto del Mundo jugó con un fluido tridente de ataque que contaba con Gunnar Nordahl, Bernard Vukas y Laszlo Kubala. Inglaterra, como era la tónica, nuevamente fracasó a reaccionar, con su central Derek Ufton sufriendo más de la cuenta. “Abandonado por su presa, se sentía como un pez fuera del agua”, escribió el periodista austríaco Willy Meisl. “Se podía ver su aguda incomodidad, por no decir que estaba perdido. ¿Seguir a Nordahl o dejarlo merodear? Su vida no tuvo sentido por 90 minutos por el simple hecho de que un imaginativo centrodelantero extranjero se negó a jugar según el modelo británico”. Un dudoso penal al último minuto le dio a la Rosa un empate 4-4.
Lo que Hungría consiguió un mes después fue, simplemente, otro capítulo de la misma historia. Nandor Hidegkuti se retrasó como un falso nueve, Harry Johnston no tuvo la más mínima idea de qué hacer con él, y como consecuencia, el 9 de los húngaros, detrás de una fluida línea de cuatro delanteros, tuvo tiempo y espacio para dictar el juego. La teja cayó sobre los ingleses: el 6-3 fue un resultado suficientemente malo, pero la verdad es que reflejó tangencialmente la verdadera superioridad magyar.
Les anularon un gol por un offside inexistente, se perdieron innumerables ocasiones de gol y estuvieron inusualmente descuidados en el fondo; que volvieran a golear a los ingleses un año después —en Budapest, por 7-1— no fue una sorpresa. “Esta fue la madre de todas las palizas”, escribió Clifford Webb en el Daily Mail. “Estuvimos desacelerados, atontados, fuera de lugar… Sólo puedo esperar que tenga un efecto revitalizador, y que sacuda a nuestros dirigentes y técnicos, que se den cuenta que el control del balón en velocidad es el secreto del éxito en la actualidad”.
Hasta cierto punto, lo era. De pronto, todo parecía debatible. Un espíritu de innovación se apoderó del juego inglés. Peter Doherty, entrenador del Doncaster, notando que el equipo húngaro numeraba sus camisetas inconvencionalmente —modificando la costumbre de que el 2 marcara al 11, el 3 al 7 y el 5 al 9— hizo que sus propios jugadores usaran números al azar para confundir a los rivales. En el Manchester City, el delantero Don Revie imitó a Hidegkuti y se retrasó, lo que en parte le ayudó a convertirse en el futbolista del año en 1955.
Lo que Hungría había hecho al otro lado de la cancha, en defensa, resultó igual de relevante. El medio centro Jozsef Zakarias jugó tan atrás que se casi se convirtió en un segundo defensor central, y aunque hay algo de confusión al respecto, las libretas del entrenador, Gusztav Sebes, mostraban con claridad su visión de Zakarias como un volante muy retrasado. Para el fin de la década, después de que Brasil ganara el Mundial del 58 usando este sistema, la línea de cuatro defensas logró una aceptación general, e incluso fue implementada por el Ipswich de Alf Ramsey, quien justamente defendió a Inglaterra en esa derrota en Wembley. El sistema sin delanteros externos con el que Ramsey consiguió la Copa del Mundo de 1966, dirigiendo a los ingleses, puede ser visto como una lógica evolución de la forma —y por qué no, del estilo— húngaro.
Sacar la conclusión, como muchos lo han hecho, de que Ramsey fue directamente influenciado por esa derrota es, probablemente, simplificar demasiado. Su instintiva sospecha de cualquier persona no inglesa era tal que seguramente nunca habría admitido un aprendizaje por parte de un extranjero. Además, él parecía genuinamente convencido de que ese día los húngaros tuvieron suerte, culpando por la derrota a Gil Merrick, el arquero inglés, y su responsabilidad en los goles que vinieron de remates de distancia. Pero había otra fuente, que le entregaba a Ramsey similares enseñanzas, y que probablemente fue mucho más significativa: Arthur Rowe, su entrenador en el Tottenham.
Rowe había sido una figura clave en el Tottenham de Peter McWilliam, a fines de los 30, y fue su desarrollo en el juego compacto y asociado el que llevó a los Spurs al ascenso y luego al título de liga, en 1951. Rowe estaba tan inmerso en ese estilo que fue a Budapest a profundizarlo, y se encontró con que compartía muchas ideas con los húngaros, incluso antes de la segunda guerra mundial. Para Ramsey, el juego de Hungría probablemente era sólo una versión más intensa del estilo al que estaba acostumbrado en su club.
Lo que sí consiguió la derrota en Wembley fue destrozar el mito de la superioridad inglesa. Volver a la vieja manera de hacer las cosas, y seguir pensando que la antigua tradición era una especie de inmutable sabiduría, era inviable. Se había creado un ambiente en el cual Ramsey y otros colegas pudieron experimentar con más libertad. Esta no había sido una derrota en Madrid, en el calor de mayo, ni tampoco en Belo Horizonte, en julio: había ocurrido en Wembley, en una cancha húmeda, durante una tarde brumosa de noviembre, en las condiciones que muchos creían eran las ideales para jugar al fútbol inglés. Las cadenas del pasado fueron rotas y sólo se repusieron cuando, tras 13 años de innovación, el éxito en el Mundial estableció una nueva tradición.

Encorajados por Sebes, se habló mucho de que Hungría representaba al audaz futuro socialista, frente al individualismo y conservaduría de un imperio británico en retroceso. Algo que se enfatizaba considerando que el partido se jugó en Wembley, entonces conocido como el Estadio Imperial. Pero lo que verdaderamente consiguió la victoria del equipo húngaro fue la liberación del fútbol inglés. La mayoría asumió que esa tarde habían visto jugar a los futuros campeones mundiales. De cierta forma, sí lo hicieron, sólo que el éxito no llegó en Berna al siguiente año sino en esa misma cancha, en 1966. Y no fue Hungría quien levantó la Copa. Fue Inglaterra.  
(Publicado originalmente en The Guardian: England 3-6 Hungary: 60 years on from the game that stunned a nation)

(CB) Hace poco más de 60 años, se jugó en Wembley un partido que quedó en la historia como pocos: Inglaterra perdió, por primera vez en la historia, un partido como local. Los húngaros les dieron un baile, demostrando no sólo que eran los mejores del mundo en ese momento, sino que los ingleses no eran los reyes de este deporte, a pesar de haberlo inventado.

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(CB) El Liverpool, a pesar de su derrota el fin de semana ante el Hull, sigue metido, por primera vez en muchos años, en la pelea por el título de la Premier League. ¿Será el inicio de un regreso al dominio implacable que ejerció a fines de los 70 en Inglaterra y Europa?
Este es otro artículo traducido por mí, escrito por el inglés Paul Wilson, sobre el tremendo Liverpool de esa época, cuatro veces campeón continental.
Los grandes equipos de la Copa de Europa: Liverpool 1977-84
La ganaron cinco veces. Sí. Ahora que el Manchester United de Alex Ferguson superó la mayoría de las marcas que hacían famoso al Liverpool, el record de los rojos en la Copa de Europa seguirá siendo, seguramente, el mayor orgullo del club.
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Vale la pena recordar, también, que si no fuera por la tragedia que rodeó a la final de Heysel, en 1985 —donde murieron 39 hinchas a causa de una avalancha provocada por hooligans del Liverpool—, y la posterior prohibición hacia los clubes ingleses de participar en competiciones europeas, el dominio que el equipo de Anfield consiguió a mediados de los ochenta pudo haberse prolongado con un par de títulos más. Sin interrupciones externas como esa, el Liverpool podría estar en el podio que hoy ocupan el Real Madrid y el Milan.
No hay dudas de cuál fue la más dramática de esas cinco finales. La increíble remontada contra el Milan en Estambul, el 2005, es seguramente la más heroica de todas, considerando que la vieja competencia de campeones se había transformado ahora en la Champions League. Solamente desde la segunda ronda el equipo de Rafa Benítez tuvo que despachar a cuadros del porte del Bayer Leverkusen, la Juventus y el Chelsea.
Ahora que los grandes clubes europeos compiten entre sí todos los años, el trayecto es más duro de lo que solía ser, aunque se podría decir que ganar el título inglés era la prueba más dura de todas. El Liverpool, por ejemplo, no podría haber jugado la Champions del 2005 según el viejo formato, ya que el campeón del 2004 fue el Arsenal de Thierry Henry.
De cualquier forma, el milagro de Estambul se ubica aparte de la época en que el Liverpool comenzó a hacer de Europa su patio de juegos. No sólo ganaron la Copa cuatro veces entre 1977 y 1984, sino que el Nottingham Forest y el Aston Villa también se le unieron, haciendo de ese periodo de ocho años, inmediatamente anterior a la prohibición de Heysel, un periodo dorado para el fútbol inglés. El Hamburgo, en 1983, fue el único capaz de interrumpirlo.
El Liverpool lideró ese camino en todos los aspectos. Se transformó, en 1977, en el segundo club inglés en levantar la Copa de Europa, repitiendo el logro en Wembley al año siguiente y llegando a tres finales más en los siete años siguientes.
La primera vez fue, seguramente, la más dulce. El ejército de hinchas que acompañó al equipo en esa final de Roma, que doblegó en número a los del rival, el Borussia Mönchengladbach, permanece como un recuerdo imborrable tanto para los jugadores como para los seguidores del club. Intoxicados por el papel que jugaron en el partido de vuelta contra el Saint Etienne en Anfield —un 3-1 por la tercera ronda, sellado con un gol vital y tardío de David Fairclough— la hinchada red se volcó detrás del equipo en su aventura europea, de una manera pocas veces vista antes y también después.
Mönchengladbach era un buen equipo en 1977, salpicado de seleccionados alemanes como Berti Vogts, Rainer Bonhof, Uli Stielike y Jupp Heynckes, pero en la final se les vio desacomodados. Pudo ser por la trascendencia de la ocasión o por el fervor de los hinchas del Liverpool, y aunque Allan Simonsen, el gran puntero danés de los alemanes, empató el partido justo al comienzo del segundo tiempo, el Borussia no pudo recuperarse cuando uno de los personajes más queridos de Anfield conectó, con un incontestable cabezazo, un corner lanzado por Steve Heighway
Los hinchas en el estadio se volvieron locos mientras los televidentes en sus casas saborearon una de las más hermosas frases de la carrera del comentarista Barry Davies: “¡Es Tommy Smith! Oh, qué gran final para su carrera”.
El Liverpool jugó un partido tan perfecto en 1977 que Bob Praisley, su legendario entrenador, no hizo ningún cambio, ni siquiera para meter a David Fairclough, el delantero que normalmente entraba desde el banco a resolver los partidos cerrados. Fue uno de esos días.
Es debatible, eso sí, si éste fue el mejor Liverpool de la época, considerando que al año siguiente, cuando vencieron al Brujas en Wembley tras eliminar nuevamente al Mönchengladbach en semifinales, ficharon a figuras como Kenny Dalglish, Graeme Souness, Alan Hansen y Phil Thompson.
Mucha gente pensó que el Liverpool nunca volvería a ser el mismo una vez que Kevin Keegan empacó sus maletas hacia un nuevo desafío en el Hamburgo. Y no lo fueron: el equipo era ahora muchísimo mejor. Paisley actuó con decisión y gastó el dinero que llegó por Keegan en un delantero como Dalgish, que anotó el gol que aseguró la victoria en Wembley al año siguiente.
  Un nuevo equipo se estaba formando, y ahora con dos Kennedys —Alan y Ray— la versión de 1978-79 no fue suficientemente buena como para superar en primera ronda al Nottingham Forest, el otro equipo inglés. Pero una vez que el Liverpool recuperó el título de liga, en 1981, volvió a la final de la Copa de Europa, esta vez con un delantero que recién se estaba haciendo un nombre.
Ian Rush no jugó en París contra el Real Madrid, donde un solitario gol de un improbable Alan Kennedy fue suficiente para sellar esa tercera copa, pero sí estaba en el equipo que volvió a Roma en 1984, otra vez a la final.
Hay que olvidar el hecho de que el Liverpool sólo pudo vencer a la Roma en penales, con el portero Bruce Grobbelaar y su famosa rutina de las piernas de espagueti; lo que hay que considerar es el equipo que Joe Fagan, el entrenador de aquel año, pudo sacar a la cancha ese día: Grobbelaar; Phil Neal, Mark Lawrensen, Hansen y Alan Kennedy; Sammy Lee, Craig Johnston, Souness y Ronnie Whelan; Dalglish y Rush. Paisley, el gran deté, se había retirado, y Fagan lo sucedió, siguiendo la antigua tradición de Anfield. Así que una vez que vencieron a la Roma en su propia casa, con el que para muchos fue el mejor Liverpool de la época, era muy posible que el club estuviera preparado para obtener algunos trofeos más, si es que no otra década completa de gloria.
Nada de lo ocurrido en el camino hacia la final de 1985 parecía contradecir esa idea. Al igual que cuando Keegan se fue a Alemania, el equipo pudo cubrir muy bien la partida de Souness al fútbol italiano. Pero si alguien en el club pensó que las finales europeas seguirían llegando, incluso más fácilmente gracias a la experiencia ganada, estaban muy equivocados.
La tragedia de Heysel llegó como un shock terrible para Fagan, para el Liverpool y para el fútbol inglés. El Everton, archirrival de los reds, fue uno de los primeros en sentir el impacto: aunque ganó las ligas de 1985 y 87, al estar multado no pudo demostrárselo a Europa. Es posible que los equipos de Dalglish de fines de los 80, alardeando ahora con John Barnes, Peter Beardsley, Jan Molby y John Aldridge, pudieron haberlo hecho tan bien en Europa como sus antecesores.
Por mucho tiempo, entre fines de los 70 y comienzos de los 80, el Liverpool pareció haber encontrado el secreto del éxito, tal como lo hizo el Barcelona hace dos o tres años. Simplificar el juego, tocar y moverse, y siempre soltar la pelota hacia el compañero mejor ubicado. Promover entrenadores y asistentes formados en el club y su filosofía, y sólo comprar jugadores que pudieran adaptarse al estilo de juego, cambiando las caras pero no el sistema. ¿Qué podría haber salido mal?
En la cancha, casi nada. Desafortunadamente, las graderías de Heysel y Hillsborough tenían otra historia que contar. El fútbol inglés, el juego que se jugaba antes de que la Premier League se transformara en un caro concurso de importación de talento extranjero, nunca volvió a ser el mismo. Literalmente, pues Hillsborough dio paso a estadios sin público de pie, alzas en los precios y a la derrochadora Premier League. De pronto, los clubes comenzaron a pensar menos en conquistar Europa y más en asimilarla.
En Roma, en 1977, la plantilla del Liverpool, de dieciséis jugadores, tenía a catorce ingleses más Heighway, irlandés, y Joey Jones, galés. El Borussia Mönchengladbach tenía a quince alemanes y un danés, Simonsen.
En Roma, en 1984, el Liverpool eligió a seis ingleses, cinco escoceses, tres irlandeses, un galés y Grobbelaar, de Zimbabwe. La Roma tenía a catorce italianos y dos brasileños. El Manchester United de 2009, que jugó la final en esa misma ciudad, tenía el siguiente desglose: cinco ingleses, dos brasileños, dos portugueses, un argentino, un búlgaro, un francés, un holandés, un irlandés, un polaco, un serbio, un coreano y un galés.
Los tiempos cambian, pero qué tiempos aquellos del Liverpool. Así como fueron una inspiración para el mundo, representaron lo mejor de Gran Bretaña, y aunque ese título no es oficial, es improbable que lo pierdan en el futuro inmediato. Es de ellos para siempre. 
(Original de The Guardian: The great European Cup teams: Liverpool 77-84) 

(CB) El Liverpool, a pesar de su derrota el fin de semana ante el Hull, sigue metido, por primera vez en muchos años, en la pelea por el título de la Premier League. ¿Será el inicio de un regreso al dominio implacable que ejerció a fines de los 70 en Inglaterra y Europa?

Este es otro artículo traducido por mí, escrito por el inglés Paul Wilson, sobre el tremendo Liverpool de esa época, cuatro veces campeón continental.

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La ganaron cinco veces. Sí. Ahora que el Manchester United de Alex Ferguson superó la mayoría de las marcas que hacían famoso al Liverpool, el record de los rojos en la Copa de Europa seguirá siendo, seguramente, el mayor orgullo del club.

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(CB) Así

(CB) Así

(Fuente: cronologiafutbolistica)

(CB) El Ajax le ganó ayer al Barcelona. Y aunque en términos de resultados no haga ninguna diferencia (el Barça está clasificado y los holandeses todavía no), sí puede marcar un cambio tanto para uno como para otro equipo: fue una patada de juventud y frescura para un Barça añejado y pragmático; y fue un envión anímico para un Ajax que sigue revolucionando el fútbol, esta vez desde las bases y la preparación.
Este es un artículo, traducido por mí, de Jonathan Wilson, el capo periodista inglés, sobre el club de Ámsterdam y cómo se gestó, consagró y diluyó su época más dorada, la del Totaal Voetbal en los setentas.
Los grandes equipos de la Copa de Europa: Ajax 1971-73

Se hace difícil, dada su reputación liberal y excesiva, imaginarse a Ámsterdam en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Era un lugar apagado y serio donde, como escribió Albert Camus en La Caída, publicado en 1955, “los fumadores de pipa han estado por siglos mirando la misma lluvia caer, una y otra vez sobre el mismo río”.  
[[MORE]]Sin embargo, después de una década la ciudad se había convertido en el corazón de la revolución juvenil, comenzando a cultivar también muchas ideas revolucionarias. Entre esas ideas estaba el Ajax, un equipo de fútbol que si no fue el mejor que haya existido, con casi absoluta certeza fue el más influyente. Es cosa de preguntarle a Arsène Wenger o Arrigo Sacchi, Marcelo Bielsa o Pep Guardiola, todos entrenadores que, en cierta medida, elaboraron sus filosofías a partir del equipo creado por Rinus Michels.    
Como lo demuestra David Winner en su libro Brilliant Orange, el fútbol holandés, durante la época que escribió Camus, era deprimente. Entre junio de 1949 y abril de 1955, la selección nacional ganó sólo dos de veintisiete partidos internacionales, pero la llegada del profesionalismo en 1954 entregó un estímulo. Era una cultura futbolística con escasas preconcepciones y muy poco que perder: estaba abierta al cambio. La principal revolución del Ajax fue el desarrollo de la presión —el pressing— independiente pero simultáneo al mismo proceso promulgado en el Dynamo de Kiev por Viktor Maslov.
Como es un estilo de juego que requiere de gran preparación física, hubiera sido imposible desarrollarlo en un contexto amateur. Para la época de Michels no sólo se había establecido el profesionalismo sino que la escasez posguérrica había terminado, los índices de nutrición eran buenos y la ciencia deportiva (tanto la legal como la ilegal) había avanzado lo suficiente como para que los jugadores corrieran los 90 minutos.  
Las semillas del desarrollo del Ajax fueron sembradas por Jack Reynolds, quien jugó en el Grimsby, el Sheffield Wednesday y el Watford antes de mudarse a Suiza en 1912. Reynolds tuvo tres periodos como entrenador del Ajax, el último inmediatamente después de la Guerra. Él creía en un fútbol ofensivo y colectivo, y se aseguró que todos los niveles del club jugaran con el mismo estilo. Uno de sus pupilos fue Rinus Michels.
Fue sólo en 1959, con la designación de Vic Buckingham como técnico —formado por Peter McWilliam y su gran tradición de toque y posesión en el Tottenham— que las semillas comenzaron a brotar. Seis años después, Michels lo sucedió en el cargo, liderando al Ajax al título de liga en su primera temporada. La trascendencia de este logro se demostró al año siguiente, cuando trituraron por 5-1 al Liverpool en la Copa de Europa.
Con su estilo todavía en desarrollo, Michels cambió el dibujo a un 4-2-4 y fomentó un juego basado en el pase y la posesión, aunque aún sin un sentido sistematizado de la presión. Lo que sí había, sin dudas, era un radicalismo en el aire. Ámsterdam en los sesentas era, como lo definió el anarquista británico Charles Radcliffe, “la capital de la rebelión juvenil”. Los provos, vestidos en perfecto blanco, escenificaron demostraciones anticonsumistas, y el arte aumentó su vanguardismo.    
El momento clave llegó en 1966 con el casamiento de la Princesa Beatriz con Claus von Amsberg, un aristócrata alemán que sirvió en el ejército nazi. La policía reprimió a los que protestaron contra el matrimonio con palos, provocando tal reprobación que la tolerancia se transformó en una política de estado. En un par de años, la Plaza Dam se convirtió en un campamento de hippies extranjeros y la policía de Ámsterdam se ganó la reputación de ser la más relajada de Europa. No es una coincidencia que haya sido en el Hilton de la capital holandesa donde John Lennon y Yoko Ono celebraran su matrimonio, quedándose una semana entera en cama.
Quizá no hubo un vínculo directo entre los provos y el Ajax, pero el fútbol del club amsterdamés se desarrolló en una época donde la norma era cuestionar la ortodoxia, donde todo podía ser desafiado. Johan Cruyff, por lo mismo, se convirtió en un ícono para los movimientos juveniles holandeses que florecieron esos años. En 1997, en un artículo de la revista Hard Gras sobre el cumpleaños cincuenta de Cruyff, el periodista Hubert Smeets escribió: “Cruyff fue el primer jugador en entender que él era un artista, y el primero que fue capaz y estuvo dispuesto a colectivizar el arte de los deportes”. En una nota de la revista Blizzard, Simon Kuper y David Winner argumentan que el Ajax jugó el mismo rol en Holanda que el de los Beatles en Inglaterra. “Los holandeses”, sigue Smeets, “funcionan mejor cuando logran combinar el sistema con la creatividad individual. Johan Cruyff es el principal representante de esto: él hizo este país después de la guerra. Pienso que fue el único que pudo entender los sesentas”.   
Esa noción de individualidad dentro de un sistema fue una característica de Holanda durante esos años. De hecho, el prefijo neerlandés “totaal” (sufijo en español), aplicado por primera vez al fútbol luego de la performance de su selección en el mundial del 74, fue usado en un amplio rango de disciplinas para expresar esta relación entre el individuo y el sistema. El teórico de arquitectura JB Bakema, colaborador de la influyente revista Forum, habló de Urbanización Total, Ambiente Total y Energía Total. “Para entender las cosas”, dijo en una lectura hecha en 1974, “hay que entender primero la relación entre ellas… Hubo una vez en que la más alta imagen de interrelación de la sociedad fue denominada con la palabra Dios, y al hombre se le permitió usar la tierra y el espacio universal bajo la condición de cuidar y respetar lo que utilizara. Pero tenemos que actualizar ese tipo de cuidado y respeto, ya que el hombre tomó conciencia del fenómeno de interrelación, de que era parte de un sistema de energía total”. 
Después de vencer al Liverpool en la temporada de 1966-67, el Ajax perdió contra el Dukla de Praga en cuartos de final. Una derrota impensada, que motivó a Michels a rediseñar su defensa y a incorporar desde el Partizan al duro líbero serbio Velibor Vasovic. Entre 1966 y 1970, el Ajax ganó la liga cuatro veces, y además llegó a la final de la Copa de Europa el 69, perdiéndola contra el Milan. Fue ese logro el que cautivó la imaginación del público holandés, y fue capaz de mover a 40 mil fanáticos a París a una definición contra el Benfica, después de que el Ajax remontara un 1-3 en la ida y lograra empatar la serie 4-4. “Yo jugaba como último hombre de la defensa, como líbero”, dijo Vasovic sobre esa época. “Michels diseñó este plan para jugar un fútbol muy ofensivo. Lo discutimos, y yo fui el arquitecto, junto a Michels, de esta agresiva manera de defender”.  
El tema del pressing provino en gran medida de la agresión de Johan Neeskens. Normalmente, él era el designado a marcar al volante creativo rival. El entrenador Bobby Haarms lo describió alguna vez como un “piloto kamikaze” cuando iniciaba sus persecuciones, muchas veces hasta bien arriba en territorio oponente. Al principio, sus compañeros se resistían a seguirlo, pero para comienzos de los setentas todos se acostumbraron a copiar su actitud, lo que significó jugar con la línea defensiva muy alta, comprimiendo el espacio de juego del rival. Una movida arriesgada, pero Vasovic se hizo un experto en dar el paso adelante, y dejar offside a los delanteros contrarios.  
Vasovic era una rareza. La mayoría del plantel creció junto en las divisiones inferiores, y tenían lo que Buckingham llamaba el “hábito futbolístico”: conocer instintivamente el movimiento de sus compañeros, que en el Ajax eran, en gran medida, orgánicos. “Cuando vi subir a Wim Suurbier, supe que tenía que bajar a cubrirlo”, dijo el delantero Sjaak Swart, que además tiene el récord histórico de partidos con la camiseta ajacied. “No necesitaba una orden para hacerlo. Y después de dos años, ya todos sabían qué hacer”.
Esto, eso sí, no le resta méritos al rol de Rinus Michels, quien supervisó e incentivó estos movimientos, principalmente cuando los otros equipos le empezaron a jugar con masivas defensas replegadas muy atrás.  
“Traté de encontrar directrices que nos permitieran sorprender un poco a esas murallas defensivas”, dijo Michels. “Tuve que dejar que mediocampistas y defensas participaran en la creación de juego y en el ataque. Es fácil decirlo, pero es un largo camino: lo más difícil no es enseñarle a un lateral a participar en el ataque —porque a él le encanta— sino que encontrar a alguien que le cubra las espaldas. Al final, cuando ves que un equipo tiene esa movilidad y ese juego posicional, hace a todos pensar de que es fácil, de que cualquiera puede participar. Ahí es cuando se alcanza la cima, la cúspide del desarrollo”.  
Variar de un 4-2-4 a un 4-3-3 hizo que el cambio de posiciones fuera más fácil de estructurar, ya que tendía a suceder o en alguno de los dos flancos o en el medio. Así, Suurbier, Arie Haan y Swart intercambiaban posición por la derecha; Vasovic (y después Horst Blankenburg o Barry Hulshoff), Neeskens y Cruyff por el medio; y Ruud Krol, Gerrie Mühren y Piet Keizer por la izquierda. “La gente no podía ver que a veces hacíamos las cosas automáticamente”, dijo Hulshoff. “Viene de jugar mucho tiempo juntos. El fútbol es mejor cuando es instintivo, y nosotros crecimos con esta forma de jugar. Fútbol Total significa que un jugador de ataque puede jugar en la defensa, eso es todo. Haces espacio y ocupas ese espacio. Y si la pelota no viene, dejas ese especio y otro jugador vendrá a ocuparlo”. 
La evidencia tangible de que el Ajax alcanzó “la cúspide del desarrollo” llegó en 1971, cuando vencieron al Panathinaikos en la final de la Copa de Europa, siguiendo así el éxito del Feyenoord el año anterior y estableciendo a Holanda como el nuevo centro del fútbol europeo. Michels se fue al Barcelona tras el título continental, y el Ajax contrató a un rumano bonachón llamado Stefan Kovacs. Al llegar, relajó las riendas, y fue bajó su dirección cuando el Ajax jugó probablemente su mejor fútbol, atacando con mucha más libertad de la que Michels les dio. “Kovacs era un buen entrenador”, dijo Mühren, “pero era demasiado simpático. Michels era más profesional, muy estricto con todos, al mismo nivel. En el primer año con Kovacs jugamos aún mejor porque éramos buenos futbolistas que ahora tenían libertad. Pero después de eso la disciplina se fue y todo se acabó. Nunca más tuvimos el mismo espíritu. Pudimos haber sido siempre los campeones de Europa si nos hubiéramos mantenido juntos”.
Sin dudas fue en la temporada 71-72 cuando el Ajax tuvo su momento más fluido. Kovacs remplazó a Vasovic con Blankenburg, los laterales Suurbier y Krol avanzaron con seguridad, sabiendo que Neeskens, Haan y Mühren cubrirían sus subidas. El mismo Vasovic insistió siempre que el impacto de Kovacs fue mínimo. “Los que dicen que el Fútbol Total comenzó con Kovacs se equivcan”, dijo antes de su muerte, ocurrida en 2002. “Kovacs no tuvo nada que ver con eso. Él simplemente tomó un muy buen equipo, el campeón de Europa, y lo hizo continuar el estilo que ya venía jugando”.
Esas eran las dudas sobre Kovacs, al que sólo una revuelta de los jugadores, en abril del 72, lo salvó del despido, poco después del empate sin goles contra el Benfica que los clasificó a la segunda final europea consecutiva. Por esos días, el Ajax tenía una ventaja de cinco puntos en la liga, habían goleado recientemente al Feyenoord por 5-1 en Rotterdam y alcanzado la final de la Copa Holandesa. “Los resultados muestran que Kovacs no estaba equivocado”, dijo Cruyff. “Este equipo estaba listo para tomar parte en la toma de decisiones”. Finalmente, vencieron 2-0 al Inter de Milán en la final de la Copa de Europa. “El Ajax comprobó que el ataque creativo es la verdadera alma de este juego”, publicó el Times en su reporte al otro día. “A esa defensa cerrada pudieron manobriarla y burlarla, y al hacerlo consiguieron que los contornos de la noche fueran un poco más brillantes y las sombras un poco más claras”.    
Al año siguiente, ganando de nuevo la Copa de Europa, el Ajax se convirtió en el primer equipo, después del Real Madrid, en lograr un tricampeonato. Justamente, y habiendo masacrado al Bayern Munich por 4-0 en los cuartos de final, fue al Madrid a quien el Ajax venció en semis. El agregado fue 3-1, un resultado que apenas hizo justicia a la amplia superioridad mostrada por los holandeses. De hecho, la eliminatoria se recuerda más por las dominadas de pelota de Mühren en el Bernabéu, un momento de arrogancia y joie de vivre que encapsuló perfectamente la esencia del Ajax de Kovacs.
“Sabía que tenía que pasarle la pelota a Krol, pero necesitaba algo de tiempo para que él se me acercara”, se justificó Mühren. “Entonces la dominé en el aire hasta que el llegó. No puedes planear algo como eso, no lo piensas. Simplemente lo haces. Fue el momento en que Ajax y Real Madrid cambiaron posiciones. Antes de eso siempre fue el gran Real Madrid y el pequeño Ajax. Cuando me vieron haciendo eso, la balanza cambió. Los jugadores del Madrid me miraban, casi a punto de aplaudir. El público se puso de pie. Fue el momento en que el Ajax tomó la posta”.
En Belgrado, en la final, vencieron a la Juventus por 1-0, un resultado engañoso en cuanto el Ajax se puso en ventaja a los cuatro minutos del primer tiempo, y el resto del tiempo burló a los italianos con largas series de pases. Hoy eso se podría considerar una dominación estéril, pero en la época funcionó como una emocionante y atrevida forma de humillar al rival vencido. 
Pero eso fue el fin. La libertad mutó en decadencia, y para el final de la temporada, en circunstancias que nunca se explicaron del todo, Cruyff perdió la votación para seguir siendo capitán del equipo. Se unió, entonces, a Michels en Barcelona, y no fue hasta que el retornó como entrenador, más de una década después, que el Ajax volvió a ganar una competición europea.
(Original de The Guardian: The great European Cup teams: Ajax 1971-73)

(CB) El Ajax le ganó ayer al Barcelona. Y aunque en términos de resultados no haga ninguna diferencia (el Barça está clasificado y los holandeses todavía no), sí puede marcar un cambio tanto para uno como para otro equipo: fue una patada de juventud y frescura para un Barça añejado y pragmático; y fue un envión anímico para un Ajax que sigue revolucionando el fútbol, esta vez desde las bases y la preparación.

Este es un artículo, traducido por mí, de Jonathan Wilson, el capo periodista inglés, sobre el club de Ámsterdam y cómo se gestó, consagró y diluyó su época más dorada, la del Totaal Voetbal en los setentas.

Los grandes equipos de la Copa de Europa: Ajax 1971-73

Se hace difícil, dada su reputación liberal y excesiva, imaginarse a Ámsterdam en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Era un lugar apagado y serio donde, como escribió Albert Camus en La Caída, publicado en 1955, “los fumadores de pipa han estado por siglos mirando la misma lluvia caer, una y otra vez sobre el mismo río”. 

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(CB) En 1990, Maradona no alcanzó a conquistar Roma, pero seis años después, en un sauna en China, posó “como un dios romano”: en pelota, cubierto el paquete sólo por un racimo de uvas. Detrás, en el agua y con sonrisa cocainómana, su entonces amigo Guillermo Coppola.

(CB) En 1990, Maradona no alcanzó a conquistar Roma, pero seis años después, en un sauna en China, posó “como un dios romano”: en pelota, cubierto el paquete sólo por un racimo de uvas. Detrás, en el agua y con sonrisa cocainómana, su entonces amigo Guillermo Coppola.

(Fuente: soccertronix)

La relación de la gente con su equipo es cada vez más compleja. En mi opinión, el gran problema, al menos en Inglaterra, es el precio de las entradas. Los estadios están llenos, pero la gente apenas puede ir a los partidos. Simplemente, no pueden pagar la entrada. Cuando yo era un chico, una entrada costaba exactamente lo mismo que el boleto del metro que tenía que tomar para ir al estadio. Ahora el metro cuesta 4 libras y una entrada para un partido, 40 libras o más. Por eso ahora la mayoría de los que van al estadio son turistas o gente muy ocasional. Así es muy difícil que la hinchada desarrolle una identidad marcada, basada en vivir el día a día del equipo. Ahora todo el mundo está demasiado ocupado haciendo fotos, aplaudiendo o abucheando. No sé, es una sensación extraña.

(CB) Los campeones mundiales, sus camisetas

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(Fuente: jonstick)

(CB) La vida moderna de Pep

(CB) La vida moderna de Pep

(Fj) Navegando me pillé con Whoscored.com. Presentí que el gol era una necesidad que quizás se me está naciendo urgencia No juego a la pelota hace un mes y parece que ando medio caliente.
En fin, en esta época vegana de las grandes adquisiciones -de regular fome a regular en verdad irregular- siempre hay datos y números que ayudan a escoger. Porque los grandes jugadores no sencillamente están en esquemazos, diseños fastuosos, dineral en cada pique al vacío. No necesariamente están en la máquina alemana todos-secos del Münich pero, quizás sí, en la adictiva fábrica del Dortmund.
En esta foto, esquema, o como le quieran llamar menos “pizarra”, sale la selección de North London como en el PES. Me encanta pensar cosas en inglés, pero permítanme: cuando de Premier se trata hasta las lecturas las hago con la vocecita de mierdecita del relator de los FIFA. Condenado.
Era que, sí, al arco Szczesny que ya por su apellido y defensas horroroso puede ser mejor que su competencia el interminable Friedel. Aparte, con esa línea de cuatro supera en absolutamente todas las posiciones a los palitroques sin sangre que el Arsenal, al menos, pone en su defensa. Y eso que Assou-Ekotto es la copia del persa de Marcelo.
Acá es poco lo que hay que decir. Si no está Scott Parker no entra. Yo lo encuentro seco, un profesor inglés que distribuye y administra con el sudor de Stewart Pierce pero la elegancia de un colorado Scholes, cuando no pegaba.
Que el Arsenal ponga mayor cantidad de jugadores en esta zona se debe a que el Tottenham es ahí tiene su peor falla. La Premier se gana con mediocampos estelares, desarrollados, de táctica, mando, personalidad. Y todos con roce de selección. No es la realidad de los Spurs (que mierda que ganó Miami) ahí pierden ante el fracaso de Arteta, ni se le acercó a Cesc. Walcott-Cazorla-Bale, que tridente. Le pongo a David Silva al medio y más me caliento. Y si que estoy caliente.
De Giroud no hablo porque prefiero a Defou, qué delantero. Ah, Bale tampoco. Que se deje de pavonear y se vaya de una puta vez a un equipo donde puede quedar consagrado como el mejor zurdo de sus tiempos. Y desde que Roberto Carlos se fue, nadie, ni Beausejour, se atrevieron a tomar la posta. Ojo ahí.
PD: Esto fue como tirarme a mi ex polola.

(Fj) Navegando me pillé con Whoscored.com. Presentí que el gol era una necesidad que quizás se me está naciendo urgencia No juego a la pelota hace un mes y parece que ando medio caliente.

En fin, en esta época vegana de las grandes adquisiciones -de regular fome a regular en verdad irregular- siempre hay datos y números que ayudan a escoger. Porque los grandes jugadores no sencillamente están en esquemazos, diseños fastuosos, dineral en cada pique al vacío. No necesariamente están en la máquina alemana todos-secos del Münich pero, quizás sí, en la adictiva fábrica del Dortmund.

En esta foto, esquema, o como le quieran llamar menos “pizarra”, sale la selección de North London como en el PES. Me encanta pensar cosas en inglés, pero permítanme: cuando de Premier se trata hasta las lecturas las hago con la vocecita de mierdecita del relator de los FIFA. Condenado.

Era que, sí, al arco Szczesny que ya por su apellido y defensas horroroso puede ser mejor que su competencia el interminable Friedel. Aparte, con esa línea de cuatro supera en absolutamente todas las posiciones a los palitroques sin sangre que el Arsenal, al menos, pone en su defensa. Y eso que Assou-Ekotto es la copia del persa de Marcelo.

Acá es poco lo que hay que decir. Si no está Scott Parker no entra. Yo lo encuentro seco, un profesor inglés que distribuye y administra con el sudor de Stewart Pierce pero la elegancia de un colorado Scholes, cuando no pegaba.

Que el Arsenal ponga mayor cantidad de jugadores en esta zona se debe a que el Tottenham es ahí tiene su peor falla. La Premier se gana con mediocampos estelares, desarrollados, de táctica, mando, personalidad. Y todos con roce de selección. No es la realidad de los Spurs (que mierda que ganó Miami) ahí pierden ante el fracaso de Arteta, ni se le acercó a Cesc. Walcott-Cazorla-Bale, que tridente. Le pongo a David Silva al medio y más me caliento. Y si que estoy caliente.

De Giroud no hablo porque prefiero a Defou, qué delantero. Ah, Bale tampoco. Que se deje de pavonear y se vaya de una puta vez a un equipo donde puede quedar consagrado como el mejor zurdo de sus tiempos. Y desde que Roberto Carlos se fue, nadie, ni Beausejour, se atrevieron a tomar la posta. Ojo ahí.

PD: Esto fue como tirarme a mi ex polola.

(CB) Juan Román Riquelme, hace unos días, cumplió 35 años. Más que el cumpleaños en sí, lo que han celebrado muchos hinchas de Boca y del buen fútbol es su vigencia, su capacidad de adaptarse a los tiempos sin traicionar su esencia y, por supuesto, toda su grandísima historia, que lo transforma en el ídolo más grande que ha pasado por el club xeneize.

Goles y jugadas memorables, reconocidas universalmente, hay muchas: el caño a Yepes, colosal; el gol a Brasil por eliminatorias, tremendo; pero en esta recopilación, hecha por TyC, están 10 de sus mejores asistencias. Una faceta que se nos olvida, pero que hizo grandes a goleadores más bien pequeños como Martín Palermo o el Mellizo Barros Schelotto

Esto es como entrar a la sección de delicatessen del supermercado. Puras delicias.

(CB) Fratelli d’Italia

(CB) Fratelli d’Italia

(CB) Lo que está pasando en Brasil le da al fútbol una oportunidad que, por su extremada profesionalización y por la progresiva inclinación mercantilista que ha vivido, no puede darse el lujo de desaprovechar. El fútbol y sus futbolistas, como tantas veces antes y pocas últimamente, pueden por fin caerse de la nube de los millones de euros y bajar al nivel de la sociedad que los levanta y que hoy los necesita. La gente, mientras se finalizaban estos estadios primermundistas en barrios miserables y desprotegidos, se dio cuenta que no se estaba dando cuenta, e hizo lo que tenía que hacer. Ninguna copa corre peligro, ni la de las Confederaciones ni la del Mundo, pero el Gobierno estará obligado a mantener a la gente contenta si quiere que las cosas salgan bien. Ése será el gran desafío.

Los futbolistas no son tontos ni unos caprichosos adolescentes multimillonarios, como suele parecer. Al menos no todos. Los seleccionados de Brasil se dieron cuenta que su rol no se reduce solamente a lo que hacen en la cancha, y que su voz y su opinión, casi nunca expresada —ya sea por comodidad o ignorancia— sí vale y puede marcar alguna diferencia. 

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(CB) Estados Unidos tiene hinchada. En Seattle, al noroeste del país, quizá por el frío, a lo mejor por la lejanía, la gente vive el fútbol como en Europa. El público detrás de los arcos, siempre de pie, canta todo el partido, levanta sus bufandas y no funciona bajo las expectativas del espectáculo común: celebra los momentos buenos pero hace el aguante en los malos.

Por primera vez en 36 años, la ciudad recibió un partido eliminatorio y así lo vivieron. Aunque cueste creerlo, los gringos también tienen pasión.

(CB) Somos todos como amigos

(CB) Somos todos como amigos