(FJ) La muerte de Raimundo Tupper me dejó golpeado. Tenía ocho años y nunca hasta entonces había sufrido la muerte de algún cercano. Ni siquiera un accidente. Está bien, mi abuelo paterno ya había fallecido de cáncer -creo- pero para esa fecha mi mente tenía menos de 500 días. El dolor nunca se hizo evidente más allá de alguna tristeza que mi padre escondió como los detectives esconden su vida. O algún aniversario aleatorio, escenario perfecto para reencuentros familiares y esas cosas. 
O sea, para mí la muerte de personas existía en películas, teleseries y cómics. De vez en cuando rezaba y pedía para que los míos no se murieran, no se me acabaran, y no me hicieran empezar a vivir solo. No estaba preparado. Hablo de la muerte de personas, porque en ese 1995 nos encontramos en mi casa con esos típicos “Misterios sin Resolver” que habitan en cada una de las familias: mi gata Julietta, hermosa ella, enfrentó su primer parto en el clóset de mis papás ante la atentísima mirada de todos los familiares, incluida la nana. Sí, para nosotros eran personas.
Si los momentos tuvieran que ser fotos para la eternidad aquélla era la ideal. Estábamos todos supeditados al futuro de una gata rayada que se le había antojado parir, dar vida, vencer a la muerte en un armario. Cada uno tenía una labor: mi hermana rezaba para que todo saliera bien, mi hermano rellenaba el agua y yo supervisaba todos los movimientos. Mi padre y madre ya no eran detective y periodista sino doctores. Más encima, y a lo lejos, el moreno Romeo -eterno sospechoso de este embarazo no deseado- curioseaba como el desentendido típico que sabe que aportará al mundo con una madre soltera más. Cretino.
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Por suerte todo salió bien, pese a la improvisada sala de urgencia. Mientras la Julietta, o Yuli, se comía la placenta me vestí de sacerdote y bauticé a los recién nacidos como Marcelo y Alberto. Era 1995, aún no se moría el Mumo, y esos dos nombres eran los que más nervios generaban en mi cuerpo. La Católica y la U se enfrentaban ese fin de semana como revancha de lo que había sido ese partido del 94’, con centro de Víctor Hugo, peinada de Ñato Jara, recepción de Salas, remate, volada estéril de Pato Hernán Toledo, relato ahogado de Juan Manuel Ramírez y camino pavimentado para la primera corona azul tras 25 años. Todo eso había pasado hace pocos meses y para el nacimiento de los gatos el clásico universitario estaba a la vuelta de la esquina. De ahí que los mellizos fueran inscritos en nuestro registro electoral como Marcelo y Alberto.
En sus primeros días los gatos no salen de su nido. Tienen los ojos cerrados y sus cordones umbilicales están ahí mostrando al mundo que todavía no tiene derecho a vivir. Maman lo que pueden y duermen, duermen y duermen. Después de un tiempo la madre, como mi querida Julietta, cree que ya es tiempo que los chiquillos conozcan la casa y los comienza a pasear tomados del lomo. Todos aplauden ese hito y los felicitan con esa típica voz imbécil que se utiliza también para celebrar a las guaguas. Hasta ahí todo bien. Pero recuerden que esto es un misterio.
Los gatos abrieron sus ojos y sacaron músculos. Ya corrían por la casa y conversaban. Como sucedía semana a semana, Salas y Acosta se peleaban el “pichichi” que auspiciaba Corfinsa, en “Más Gol” de Megavisión. Para estar a la altura, mi Marcelo y Alberto, “Beto”, también debían competir. ¿Método? Dos carriles, 32 grados de calor, y ausencia de los padres. Las carreras rectas por la baldosa hirviendo eran Juegos Olímpicos para mí y mis hermanos. Era un pecado, OK lo reconozco, pero los gatos debían ser fuertes y vigorosos. Ojalá así hubiese sido.
Si hoy estuvieran vivos les pediría perdón. Jamás los volví a ver vivos. En pleno proceso de jornadas de pretemporada me levanté para ir a buscar a mis guerreros atléticos y no los encontré. Fui al patio, fui al clóset, fui a la calle. Llamé a mi madre, a mi padre, a mi nana, y nada. Ni rastro de los mininos. ¿Qué había pasado? ¿Estaban enojados por mi actitud de emperador de Coliseo? Si ese era el problema yo estaba dispuesto a cambiar, en serio. Marcelo, Alberto, les pido una chance más. No me dejen. Gatos culiados.
Resignado me escudé en la profesión de mi padre: si encuentra narcotraficantes cómo no al “Marce" y al "Beto”. Y así me mantuve hasta las seis y media de la tarde. Andaba medio depre. No tomé once. Hasta que por fin llegaron mis papás sospechosamente puntuales. Convocaron a una reunión familiar y ya estaban sentados antes que bajáramos la escalera. Algo malo pasaba. ¿Había acaso un suceso más importante que la desaparición de los gatos? Tenía buenas notas, me portaba bien, quizás el reto iba para los otros ¿Pero había algo más importante en ese momento que los putos gatos? “No me jodan”, pensaba sin saber que significaba joder.
Pero nos jodieron. Partió mi mamá hablando. Y se metió mi papá. Y los dos nos dijeron: Los gatos están muertos. Silencio, obvio ¿Dolor? Parece. “¿Se murieron de viejos?”, preguntó mi hermano de cinco años. Idiota interrogante pero a esa altura todo valía. “No, los degollaron”, dijo mi papá como si fuésemos familiares de algún delincuente abatido. Mientras nos explicaban más cosas me quedé helado pensando que cómo era posible que un padre les comunicara de esa manera a sus hijos la muerte de sus mini-hermanitos. Todo eso lo pensaba con un fondo de pantalla de Marcelo y Alberto sin cabezas, corriendo por la baldosa hirviendo.
Hice el duelo inmediatamente, asumí mi rol. Yo era el sacerdote que los bautizó así que debía enterrarlo. Mi mamá me dio la mano y salimos al patio. Estaba oscuro, muy oscuro. Caminamos hacia nuestra bodega y había una bolsa Unimarc. Sabía que me iban a juzgar por mis actos y, como cobarde no era, agarré la bolsa y la abrí de una. Exhumé la tumba sin permiso. Y allí estaban los cuerpos, los restos, las cabezas. No gritaban, no respiraban. Intenté ponérselas y por supuesto nada pasó. Ya nada me importaba así que también puse la cabeza del Beto en el cuerpo de Marcelo. No funcionó pero me hubiese encantado que sí. Mi mamá me retó. Mis hermanos se enteraron de eso y nunca me lo perdonaron. Averiguamos más cosas y atamos cabos: los gatos había sido encontrados al alba degollados en el antejardín. Mis padres arreglaron la escena del crimen rápidamente y se fueron a trabajar. Instruyeron a mi nana que “ninguna palabra a los niños”. Era cómplice, sabía todo, pero no me dijo nada. La odié. ¿Las sospechosas? Habían dos: la vecina que le enviaba cartas de amor a mi papá o la vieja-bruja que pasaba en las tardes perdidas pidiendo comida, dinero, y quizás amor. Nunca supimos. A los dos meses, y por coincidencia nada más, nos fuimos de esa casa. Me dio lo mismo. Le alcancé a hacer un digno funeral a mis dos tigres.
La vida fue tan sabia que al otro día se murió el Mumo Tupper. Yo aún vestía los trapos de mi procesión y ritual con los felinos. El funeral. Los enterré donde poníamos la piscina. Esa mañana la radio decía que se había muerto, se había suicidado en Costa Rica. Yo aún pasando el duelo de los gatos me encontraba con este batacazo a la vida. La muerte ahora sí que me tocaba la puerta. De no conocerla, me sentí un experto. Comprendía todo, sabía lo que era la depresión del Mumo, entendía las palabras de su primo sacerdote, y enviaba mi calma al pueblo cruzado. Mis condolencias con ocho años. El Beto Acosta lloraba como un niño en el entierro. Mi Beto, mi Alberto, mi Alberto Federico Acosta. 

(FJ) La muerte de Raimundo Tupper me dejó golpeado. Tenía ocho años y nunca hasta entonces había sufrido la muerte de algún cercano. Ni siquiera un accidente. Está bien, mi abuelo paterno ya había fallecido de cáncer -creo- pero para esa fecha mi mente tenía menos de 500 días. El dolor nunca se hizo evidente más allá de alguna tristeza que mi padre escondió como los detectives esconden su vida. O algún aniversario aleatorio, escenario perfecto para reencuentros familiares y esas cosas. 

O sea, para mí la muerte de personas existía en películas, teleseries y cómics. De vez en cuando rezaba y pedía para que los míos no se murieran, no se me acabaran, y no me hicieran empezar a vivir solo. No estaba preparado. Hablo de la muerte de personas, porque en ese 1995 nos encontramos en mi casa con esos típicos “Misterios sin Resolver” que habitan en cada una de las familias: mi gata Julietta, hermosa ella, enfrentó su primer parto en el clóset de mis papás ante la atentísima mirada de todos los familiares, incluida la nana. Sí, para nosotros eran personas.

Si los momentos tuvieran que ser fotos para la eternidad aquélla era la ideal. Estábamos todos supeditados al futuro de una gata rayada que se le había antojado parir, dar vida, vencer a la muerte en un armario. Cada uno tenía una labor: mi hermana rezaba para que todo saliera bien, mi hermano rellenaba el agua y yo supervisaba todos los movimientos. Mi padre y madre ya no eran detective y periodista sino doctores. Más encima, y a lo lejos, el moreno Romeo -eterno sospechoso de este embarazo no deseado- curioseaba como el desentendido típico que sabe que aportará al mundo con una madre soltera más. Cretino.

Por suerte todo salió bien, pese a la improvisada sala de urgencia. Mientras la Julietta, o Yuli, se comía la placenta me vestí de sacerdote y bauticé a los recién nacidos como Marcelo y Alberto. Era 1995, aún no se moría el Mumo, y esos dos nombres eran los que más nervios generaban en mi cuerpo. La Católica y la U se enfrentaban ese fin de semana como revancha de lo que había sido ese partido del 94’, con centro de Víctor Hugo, peinada de Ñato Jara, recepción de Salas, remate, volada estéril de Pato Hernán Toledo, relato ahogado de Juan Manuel Ramírez y camino pavimentado para la primera corona azul tras 25 años. Todo eso había pasado hace pocos meses y para el nacimiento de los gatos el clásico universitario estaba a la vuelta de la esquina. De ahí que los mellizos fueran inscritos en nuestro registro electoral como Marcelo y Alberto.

En sus primeros días los gatos no salen de su nido. Tienen los ojos cerrados y sus cordones umbilicales están ahí mostrando al mundo que todavía no tiene derecho a vivir. Maman lo que pueden y duermen, duermen y duermen. Después de un tiempo la madre, como mi querida Julietta, cree que ya es tiempo que los chiquillos conozcan la casa y los comienza a pasear tomados del lomo. Todos aplauden ese hito y los felicitan con esa típica voz imbécil que se utiliza también para celebrar a las guaguas. Hasta ahí todo bien. Pero recuerden que esto es un misterio.

Los gatos abrieron sus ojos y sacaron músculos. Ya corrían por la casa y conversaban. Como sucedía semana a semana, Salas y Acosta se peleaban el “pichichi” que auspiciaba Corfinsa, en “Más Gol” de Megavisión. Para estar a la altura, mi Marcelo y Alberto, “Beto”, también debían competir. ¿Método? Dos carriles, 32 grados de calor, y ausencia de los padres. Las carreras rectas por la baldosa hirviendo eran Juegos Olímpicos para mí y mis hermanos. Era un pecado, OK lo reconozco, pero los gatos debían ser fuertes y vigorosos. Ojalá así hubiese sido.

Si hoy estuvieran vivos les pediría perdón. Jamás los volví a ver vivos. En pleno proceso de jornadas de pretemporada me levanté para ir a buscar a mis guerreros atléticos y no los encontré. Fui al patio, fui al clóset, fui a la calle. Llamé a mi madre, a mi padre, a mi nana, y nada. Ni rastro de los mininos. ¿Qué había pasado? ¿Estaban enojados por mi actitud de emperador de Coliseo? Si ese era el problema yo estaba dispuesto a cambiar, en serio. Marcelo, Alberto, les pido una chance más. No me dejen. Gatos culiados.

Resignado me escudé en la profesión de mi padre: si encuentra narcotraficantes cómo no al “Marce" y al "Beto”. Y así me mantuve hasta las seis y media de la tarde. Andaba medio depre. No tomé once. Hasta que por fin llegaron mis papás sospechosamente puntuales. Convocaron a una reunión familiar y ya estaban sentados antes que bajáramos la escalera. Algo malo pasaba. ¿Había acaso un suceso más importante que la desaparición de los gatos? Tenía buenas notas, me portaba bien, quizás el reto iba para los otros ¿Pero había algo más importante en ese momento que los putos gatos? “No me jodan”, pensaba sin saber que significaba joder.

Pero nos jodieron. Partió mi mamá hablando. Y se metió mi papá. Y los dos nos dijeron: Los gatos están muertos. Silencio, obvio ¿Dolor? Parece. “¿Se murieron de viejos?”, preguntó mi hermano de cinco años. Idiota interrogante pero a esa altura todo valía. “No, los degollaron”, dijo mi papá como si fuésemos familiares de algún delincuente abatido. Mientras nos explicaban más cosas me quedé helado pensando que cómo era posible que un padre les comunicara de esa manera a sus hijos la muerte de sus mini-hermanitos. Todo eso lo pensaba con un fondo de pantalla de Marcelo y Alberto sin cabezas, corriendo por la baldosa hirviendo.

Hice el duelo inmediatamente, asumí mi rol. Yo era el sacerdote que los bautizó así que debía enterrarlo. Mi mamá me dio la mano y salimos al patio. Estaba oscuro, muy oscuro. Caminamos hacia nuestra bodega y había una bolsa Unimarc. Sabía que me iban a juzgar por mis actos y, como cobarde no era, agarré la bolsa y la abrí de una. Exhumé la tumba sin permiso. Y allí estaban los cuerpos, los restos, las cabezas. No gritaban, no respiraban. Intenté ponérselas y por supuesto nada pasó. Ya nada me importaba así que también puse la cabeza del Beto en el cuerpo de Marcelo. No funcionó pero me hubiese encantado que sí. Mi mamá me retó. Mis hermanos se enteraron de eso y nunca me lo perdonaron. Averiguamos más cosas y atamos cabos: los gatos había sido encontrados al alba degollados en el antejardín. Mis padres arreglaron la escena del crimen rápidamente y se fueron a trabajar. Instruyeron a mi nana que “ninguna palabra a los niños”. Era cómplice, sabía todo, pero no me dijo nada. La odié. ¿Las sospechosas? Habían dos: la vecina que le enviaba cartas de amor a mi papá o la vieja-bruja que pasaba en las tardes perdidas pidiendo comida, dinero, y quizás amor. Nunca supimos. A los dos meses, y por coincidencia nada más, nos fuimos de esa casa. Me dio lo mismo. Le alcancé a hacer un digno funeral a mis dos tigres.

La vida fue tan sabia que al otro día se murió el Mumo Tupper. Yo aún vestía los trapos de mi procesión y ritual con los felinos. El funeral. Los enterré donde poníamos la piscina. Esa mañana la radio decía que se había muerto, se había suicidado en Costa Rica. Yo aún pasando el duelo de los gatos me encontraba con este batacazo a la vida. La muerte ahora sí que me tocaba la puerta. De no conocerla, me sentí un experto. Comprendía todo, sabía lo que era la depresión del Mumo, entendía las palabras de su primo sacerdote, y enviaba mi calma al pueblo cruzado. Mis condolencias con ocho años. El Beto Acosta lloraba como un niño en el entierro. Mi Beto, mi Alberto, mi Alberto Federico Acosta

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