(CB) Son momentos de un ridículo simbolismo, ideales para empezar una nota boba como esta, pero tan inevitables que da vergüenza: como cuando Federer le ganó a Sampras en Wimbledon y todos decían que el maestro le pasaba la posta al sucesor. Algo así me pasó a mi para el mundial del 98 cuando por Dinamarca daba sus últimos trotes el capitán Michael Laudrup mientras por Francia se empezaba a consagrar Zinedine Zidane.

Nadie habló mucho de eso y yo mismo no me acordé hasta ahora, pero si hubo un jugador más zidanezco que el mismo Zidane, ese no fue otro que Michael Laudrup, el hermano genio de Brian.

Ese enganche largo, que del pie derecho pasaba rápido al izquierdo para correrla hacia delante, y que terminaba siempre con el defensa sentado sin entender nada, fue inventado por Laudrup pero popularizado por Zizou. Lo mismo esa llegada a la pelota con la suela, los pases largos de borde externo y la zancada amplia y cansina que define a la elegancia europea. Zidane, recordando ahora ese mundial 98, no es otra cosa que la versión ganadora y globalizada de Michael. Un absoluto crack que, en palabras de Johan Cruyff, su entrenador en el Barcelona, “si hubiera nacido en una barrio pobre de Argentina o Brasil, sería reconocido como el mayor genio en la historia de este juego: lo tiene todo, pero le falta el instinto asesino”.

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